Música para plantas

Extracto del texto «Tecno geomancia sonora» Coco Moya, 2022

La música hecha para plantas o compuesta con a las plantas en el mundo occidental se ha convertido desde la década de 1970 en todo un género. Desde el “Mother´s Earth Plantasia” (1976) de Mort Garson, que pretendía ayudar al crecimiento de las plantas utilizando música generada con sintetizadores analógicos. El álbum estaba inspirado en el libro “The secret life of plants”, de Peter Tompkins (1973) que mostraba los interesantes experimentos con plantas que revelaban la sensibilidad de las plantas, utilizando generalmente un galvanómetro y que fue también 

Los instrumentos basados en la información biométrica que arrojan las plantas, que utilizan un sistema similar al utilizado en los experimentos del libro de Tompkins, han proliferado mucho desde entonces, como veremos a continuación. 

“The secret life of plants”, John Lifton, 1975.

“The secret life of plants”, John Lifton, 1975.

En el film “The secret life of plants” (1976) de  John Lifton, se monitorizaron las señales de las plantas, mezclandolas con señales de ondas cerebrales, y musculares que controlaban señales de audio y de vídeo. Décadas más tarde, la artista sonora inglesa Mileece, basándose en el trabajo previo de creó un sintetizador que recogía la actividad eléctrica de las plantas y la traducía a midi usando el lenguaje de programación para composición musical SuperCollider, lo que llama “música electrónica orgánica”, o PiP (People´s interface for plants), con el que publicó “Formations” (2002). Ha realizado diversas instalaciones donde las plantas generan el paisaje sonoro en nuestra interacción con ellas, como en “Sonic Garden” (2015). Ella lo llama sonificación estética, que  considera un tipo de inteligencia artificial. En la pieza “Sonic Earth” (2018), creada para el Sónar, convirtió los muros del pabellón mies van der Rohe en una interfaz táctil que los visitantes podían tocar y sentir con el cuerpo, generando sonidos y visuales que se proyectaban en el techo. Richard Loweberg, que formó parte del equipo artístico que trabajó en la película, relata que bailarines, plantas y otros animales, formaban parte de un sistema multicanal que denominaba “bio-dis-play”, que trata de afinarse o ir con esas otras conciencias con las que convivimos.

Entre los numerosos ejemplos de artistas que han trabajado en las últimas dos décadas con este sistema, se puede reseñar también el trabajo de Michael Prime “L-Fields” (2000), que se centra en extraer las señales biométricas de ciertos hongos alucinógenos como el peyote, mezclado con grabaciones de campo de su hábitat, haciendo alusión a la influencia que han tenido estas plantas sobre la música.  

Sonic Garden, Mileece, 2011-2015

Clorophila 3.0, Uh513, 2011 

Beyond Human Perception Colectivo uh513, 2020

Beyond Human Perception, Colectivo uh513, 2020

El colectivo Uh513, (María Castellanos y Alberto Valverde), afincados en Asturias, han realizado desde el 2011 acciones sonoras con las plantas en su serie “Clorophila 3.0” (2022-2015), donde sonificaban en tiempo real los impulsos eléctricos que captaba un sensor arduino. En otros trabajos elaboran una idea de lo posthumano donde generaríamos una simbiosis con la inteligencia de las plantas y la tecnología nos permitiría fusionarnos con el entorno a través de sensores que se incorporarían a nuestro cuerpo como pre-ciborgs, dentro del ámbito de lo que se llama wearables (dispositivos que se pueden llevar puestos o pegados al cuerpo como si fuera parte de nuestra ropa). En el concierto “Beyond Human Perception”, los músicos y las plantas son monitorizados y la instalación te permite comparar las distintas reacciones a la misma música. La visualización de los datos se realiza con dos toroides en 3D que permiten comparar y observar las reacciones de cada ser vivo. 

También el compositor y músico japonés Ryuchi Sakamoto, en la instalación “Forest Symphony” (2913) ha utilizado sensores de arduino para recoger las señales electromagnéticas de las plantas, que posteriormente Sakamoto traduce a sonidos. Sakamoto “Los árboles convierten la luz solar en energía a través de la fotosíntesis, lo que significa que son un genio capturando ondas electromagnéticas. Quiero convertir el ciclo de la naturaleza en música «. En la misma exposición, titulada “Art, environment, life”, utilizó sensores en el agua para generar sonido cuando caen las gotas sobre una piscina rectangular en “Water State 1” (2013) Realizado en colaboración con Shiro Takatani. Ambas piezas trabajan con la idea de replicar un sistema orgánico, donde se sonifican los ritmos y cadencias que tienen las plantas o el agua para realizar las composiciones. El caos y el azar aparente adquieren otro significado cuando provienen del comportamiento de una entidad ajena a nosotros, nos fascina el lenguaje 

Water State 1, Ryuichi Sakamoto, 2013

Forest Symphony, Ryuichi Sakamoto, 2013

Eugenio Ampudia, Concierto para el bioceno, (2293 plantas en las butacas, con música el “Crisantemo” de Puccini, 2020 

Por su parte, Eugenio Ampudia, en su pieza de “Concierto para el bioceno” (2020), realiza un concierto cuyo público son las plantas. El artista quería transmitir “La sensación de tristeza y melancolía tras el confinamiento, planteando un cambio de paradigma en nuestra relación con otras especies que habitan el planeta.”El artista recoge el término que propone Blanca de la Torre, de “bioceno” para sustituir el término “antropoceno”, alejándose así del antropocentrismo del término. Al final del concierto, grandes ventiladores movieron las hojas de las plantas para generar con ello el sonido de un aplauso parecido a una lluvia tropical, que los intérpretes devolvieron con un profundo saludo a su público vegetal. Ampudia ha trabajado esta relación interespecies en otras obras, como la de “mala hierba” (2015) , una pradera de hierba que respira 12 veces por minuto, el “Canal huerto”, que retransmitió durante 96 días dentro de Centro Centro, un vídeo en streaming del huerto de la Universidad de Alcalá de Henares, como una ventana para observar el crecimiento de las plantas, o en esculturas inspiradas en los organismos primitivos que originaron la vida, “Un glorioso accidente” (2020) que se mueven a su libre albedrío de forma autónoma por el espacio expositivo. En el caso de “Concierto para bioceno” la reflexión es más conceptual que sonora, y sirve más a la difusión de la discusión sobre el antropoceno que como un verdadero aporte a la discusión, sin quitarle mérito a lo primero. Este trabajo parece clave para entender un desplazamiento cognitivo que ha sucedido a gran escala durante los confinamientos mundiales de la pandemia de la COVID 19. Los humanos, desde sus casas, observaron cómo plantas y animales tomaban las calles en un tiempo tan breve, que hacía pensar sobre cómo afectamos a las otras especies y lo rápido que se harían con el espacio si nosotros no estuviéramos ahí. 

Bartholomäus Traubeck, Years, 2011
Seguimos explorando estas posibilidades de lectura del lenguaje vegetal con la obra del artista Bartholomäus Traubeck, que ha trabajado sonificando los cortes transversales de un árbol en su pieza “Years” (2011),  como si se tratara de un disco de vinilo, atendiendo a otra manera de traducir las plantas a un lenguaje sonoro. En su caso, el diseño del dispositivo es más interesante que el diseño sonoro, que consiste en una traducción a un piano midi de la imagen microscópica que devuelve una cámara de los anillos del árbol. Usando un tocadiscos modificado, donde la aguja se sustituye por una cámara, la programación convierte estas imágenes en notas armónicas que lanzan sampling de piano.

Kené o representación gráfica del bosque, los ríos, los peces y sus habitantes. Wilma Maynas y Olinda Silvano. Mural en Matadero Madrid, 2019. 

Olinda Silvano, artista Shipibo, cantando un mural. 2018. Captura de pantalla del vídeo “Olinda Silvano y la magia del Kené”

Olinda Silvano y Wilma Maynas son dos artistas Shipibo que realizan murales y tejidos con este tipo de patrones. Ellas cantan mientras realizan sus trabajos, y también al volver a recorrer las líneas de sus dibujos con la mano. Al escuchar su canto mientras van siguiendo con el dedo las geometrías de un mural es evidente esta relación espacial y corporal entre el canto y el trazo de lo que sería una representación similar a un mapa, pero que no sólo incluye elementos naturales sino la propia energía y pensamiento de las artistas, como ellas explican. Los ícaros sirven para comunicarse con lo que les rodea, las plantas, o los elementos, como el agua. Roni wano (madre del agua), shamana de la etnia shipiba, que aparece en el documental de Javier Corcuera “Sigo Siendo (Kachkaniraqmi)”, 2013, explica que interpreta ícaros para comunicarse con el agua e impedir que se seque el río. Los ícaros parten de una improvisación, más que de una estructura fija, la idea es que el canto no es del intérprete/autor sino que viene a tí. Se van entrelazando los motivos de la letra que van construyendo una narrativa para conectarse con un elemento, donde el chamán se convierte en parte de eso a lo que canta: 

«Viajando, voy viajando. Conectando con el agua. Conectando, conectando. Así, así. Así voy andando. En mi barco, en este barco, mi barco de piedra. Viajando en él. Andando, después de haber andado, retorno, retorno a mi tierra. Retorno, yo, la mujer. Viajando por la profundidad del agua. En la anaconda, desde adentro del río. Yo, la mujer encantada de la anaconda. La mujer encantada de la anaconda. Y así les canto yo, así les canto yo. Yo, la que viaja por el fondo del agua. La mujer que viaja. La mujer que viaja. Estuve con los guardianes del agua. Con los guardianes llegando a acuerdos. Llegando a acuerdos. Así, abrazando acuerdos estuve en el corazón. En el corazón de la anaconda estuve. Voy viajando, voy viajando, voy viajando. Al último rincón del río. Sí, a ese lugar voy. Al corazón, adentro del agua. Naciendo, naciendo. «

Disease Thrower, Guadalupe Maravilla, 2019-2020. 

(Detalle) Disease Thrower, Guadalupe Maravilla, 2019-2020. 

Guadalupe Maravilla es un artista que trabaja desde sus raíces indígenas salvadoreñas, haciendo un puente entre la cultura occidental norteamericana donde vive y la cultura indígena chamánica de la que proviene. Basándose en su biografía personal como inmigrante ilegal, trata de actuar como un chamán que sana las enfermedades personales y familiares, a través de esculturas donde el sonido es una parte esencial. Maravilla realiza, en “Disease Thrower” (2919-2020) una especie de collage-totems donde entremezcla representaciones científicas de los órganos afectados por la enfermedad, con tejidos, cuerdas o redes, que sostienen campanas, gongs, sistros o instrumentos de percusión con conchas que activan y armonizan la escultura. En otros proyectos trabaja con inmigrantes indocumentados, con los que realiza talleres de sonido, acupuntura y sanación a través de  plantas. Pero para este apartado lo más relevante sería su trabajo “Walk on water” (2019), una instalación que representa la ciudad de Nueva York sobre el suelo. Los performers activan la instalación vestidos con una especie de trajes ciber-indígenas, tocando los gongs sobre la maqueta como una forma de armonizar y conectar con el lugar en un ritual coreográfico y sonoro de corte technochamánico. 

Walk on water, Guadalupe Maravilla, 2019

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